lunes, 31 de agosto de 2009

Las tormentas del Mar Embotellado. Libro del mes de septiembre de 2009

Recomendado a partir de 10 años
Dibujos: Ana Ochoa
Editorial: Algar
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  • Para los alumnos: Lee el libro y escribe un comentario en nuestro Blog diciendo si te ha gustado y con qué personaje te identificas más (para acceder pulsa al final del artículo sobre comentarios).

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Si eres alumno de cualquier centro educativo de la Provincia de Alicante y quieres ver tu trabajo (cuento, poema, dibujo...) publicado en nuestro blog, puedes entregarlo en mano a cualquier componente del Grupo Leo o envíalo a la siguiente dirección (añadid al final vuestros datos: nombre, colegio y curso):
Grupo Leo
Apartado de Correos 3008
03080 Alicante
-Nominaremos a los mejores lectores del curso-

domingo, 30 de agosto de 2009

Lectura de: "Un viaje a otra dimensión " de María Pastor Bardisa

Lectura de obras finalistas, no premiadas, en el XIV Concurso Literario Provincial Grupo Leo - Editorial Agua Clara 2009.
Cuento: "Un viaje a otra dimensión"
Autor: María Pastor Bardisa
Curso: 1º ESO del Colegio Don Bosco de Alicante
© El Autor. Todos los derechos reservados
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Un viaje a otra dimensión
Era una mañana de agosto como otra cualquiera. En el colegio ya nos habían dado las vacaciones y a su vez, los famosos deberes de verano, pero yo ya los había acabado para poder hacer otras cosas, como por ejemplo renovar mi habitación (pintarla, poner muebles nuevos...).
Abrí el armario de las pinturas y vi que al fondo brillaba una luz, sentí curiosidad, intenté alcanzarla pero no pude porque era muy rápida. Pero, de repente, se paró y se sentó encima de mi mesa de estudio y, empezó a desaparecer su brillo y en su lugar apareció una pequeña personilla, con alas, orejas puntiagudas, de pelo rizado y pequeñas flores estampadas por el pelo. Por un momento creí que era un sueño, pero no, estaba ahí de verdad, ese pequeño ser mágico al que llamaban hada.

Me quedé en estado de "shock" y entonces me dijo:
- Hola, me llamo Florentina y vengo de la octava dimensión donde existe todo ser mágico.
- ¿Cómo te llamas?
Yo le contesté asombrada:
- ¡¡¡Hablas!!!
Y ella me contestó:
- Pues claro que hablo, ¿qué te pensabas, que las hadas éramos mudas?
Yo dije con voz temblorosa:
- No. Hola, me llamo Laura Flores.
- Por cierto, ¿para qué has venido a mi dimensión?
Ella me contestó:
- He venido para aliar nuestra dimensión con la tuya, Laura.
Yo le contesté de nuevo:
- ¿Y cómo va a aliar una dimensión con otra una pequeña hada? Y además, los humanos no sabemos ni que existís.
Ella asintió:
- Por eso quiero que me ayudes, yo te voy a llevar a que conozcas mi dimensión, luego te devolveré a la tuya y harás razonar a los humanos de todo el mundo de que existen los seres mágicos y que podemos vivir en armonía.
Yo le dije:
- Vale, es como una aventura y a mi me encantan este tipo de aventuras, no las que organiza mi hermana en el jardín de mi casa.
Florentina dijo:
- Pues que no se hable más.
Y pronunció estas palabras:

Entonces cerré los ojos un momento y sentí una sensación muy rara, como si me aspiraran. Abrí los ojos y me encontré en un lugar extraño, lleno de seres mágicos y otras criaturas.
Florentina me enseñó todo lo que hacían: fabricar, los niños asistían al colegio, ¡¡incluso tenían centros comerciales!!, pero eso no era lo más importante, lo más importante era cómo se respetaban, se querían, era un lugar donde reinaban la paz y la armonía.
A las dos semanas de estar allí, Florentina me dijo:
- Laura, creo que ya es hora de volver a casa.
Y volvió a pronunciar aquellas palabras:

Volví a sentir aquella sensación tan rara, cerré los ojos y volvió a suceder, estaba en mi casa como si nada hubiera pasado, como si hubiera estado todo este tiempo en mi habitación, estaba totalmente nueva: Las paredes pintadas, muebles nuevos...
Pero lo que más me extrañó era que en uno de los dibujos que había en la pared, había un hada igualita a Florentina, la miré fijamente y vi un brillo en sus ojos.

Entonces me acordé, tenía que contarle al mundo entero lo que había visto a lo largo de esas dos semanas que había estado en aquella dimensión.
Cuando empecé a contarlo hubo un momento en el que mis padres me quisieron encerrar en un manicomio. Pero durante unos meses, fueron sucediendo cosas muy raras: pequeñas personillas revoloteando, plantas que hablaban..., al cabo de un tiempo por fin creyeron lo que decía, había cumplido la promesa que le hice a Florentina.
Vivimos en paz y armonía.
FIN

© María Pastor Bardisa

jueves, 27 de agosto de 2009

Lectura de: "Historia de un asesinato" de Esther Ramírez Horcas

Lectura de obras finalistas, no premiadas, en el XIV Concurso Literario Provincial Grupo Leo - Editorial Agua Clara 2009.
Cuento: "Historia de un asesinato"
Autor: Esther Ramírez Horcas
Curso: 3º ESO del IES Valle de Elda
© El Autor. Todos los derechos reservados
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Era de noche. La calle Urano estaba más silenciosa de lo normal, algo que le pareció muy extraño a Nuria. Vivía en el número doce, en ático B. Era su nuevo piso. La casa era bastante grande. El salón tenía parqué y las paredes eran blancas con decorados negros. Dos sofás rojos, con cojines blancos bordados de flores negras, estaban situados en frente de dos estanterías gigantes y un mueble en el que se encontraba el televisor.
La cocina era de azulejos beigs y naranjas que armonizaban con la encimera de mármol y las cortinas. La habitación era lila. A la derecha, una cama con barrotes de madera y una bella colcha lila; a los lados unas mesitas de madera y en una de ellas una foto de un chico y de Nuria.
A la izquierda, un armario de madera y un tablón de corcho con muchas fotos colgadas. El baño tenía azulejos azules, un mueble blanco donde estaba el lavabo y encima un recipiente don dos cepillos de dientes. Sobre el mueblo, un espejo y a los lados dos pequeñas lamparitas.
Nuria se encontraba sentada en el sofá leyendo uno de sus libros favoritos, "El Palacio de la Luna", cuando de repente empezó a llover de manera desenfrenada. El cielo estaba cubierto de nubes negras; los relámpagos y los rayos estaban cercanos y era difícil que parara de llover. Nuria se levantó y fue en dirección al dormitorio. Allí en la cama, dormitaba el chico de la foto de la mesita. Se llamaba Abel y era el novio de Nuria.
Abel era un tipo de veintisiete años, alto, estrecho, de pelo oscuro y ojos negros como el azabache. Era sociable y generoso. Conoció a Nuria un año antes, en el trabajo y entablaron una relación sentimental tres meses después. Cuando Nuria se compró el piso, comenzaron a vivir juntos.

Nuria, al verlo sonrió para sí, se alegraba de haberlo conocido. Lo quería muchísimo. Se acercó discretamente a él y le dio un beso en la frente. En ese momento le pareció oír un ruido muy extraño que provenía de la entrada. Justo en ese instante, las luces se apagaron, el ordenador y todos los electrodomésticos dejaron de funcionar. La luz se había ido.
Sigilosa, fue hacia la cocina y cogió un cuchillo. Lo aferraba fuerte, un tanto nerviosa. Marchó de aquí para allá mirando, asustada, si había alguien. Nada en la entrada. Nada en el salón. Ni en la cocina, ni en el baño. Hasta que llegó a su cuarto. No podía ver muy bien, pues estaba muy oscuro, pero le pareció ver una sombra, algo que se movía continuamente. Unos ojos verdes, un reflejo, y, entonces, un alarido.
Esa queja la aterró y se acercó a Abel tanteando los muebles. Llegó a tocar su mano, que temblaba. Horrorizada, reconoció con los dedos algo líquido que fluía del vientre de Abel. Corrió hacia el interruptor de la luz e intentó encenderlo, pero la luz aún no había vuelto. Probó tantas veces como pudo, pero nada. Buscó a tientas una cerilla, una linterna, una vela o algo con que alumbrar la sombría habitación, pero, otra vez, nada.
Empezó a llamar a Abel que respiraba entrecortadamente, exhalando su último suspiro.
- Te quiero- dijo con la garganta seca, a punto de abandonarla.
- Resiste Abel, por favor, un poco más, ya verás como todo se arregla. Aguanta, por favor- dijo entre lágrimas y sollozos-. ¡Te quiero!- gritó desesperadamente.
Buscó precipitadamente una toalla y la puso encima de la herida reduciendo el chorro de sangre. Oyó como la puerta se cerraba.
- Más vale que le sigas o llames a la policía antes que haga algo más- le dijo Abel.
- ¡No! Prefiero llamar a la ambulancia antes para que eso se te cure.
- Me pondré bien. Te lo aseguro.
- No- dijo Nuria conteniendo las lágrimas de nuevo.
- Te quiero. Por favor... ve.
Nuria se resignó a hacer lo que Abel decía. En ese segundo la luz volvió y Nuria llamó a la ambulancia y a la policía lo más presurosa que pudo.
Volvió a donde yacía Abel. Encendió la luz. La imagen era terrible. El cuerpo inerte de él permanecía en la cama. La colcha, las sábanas y toda la indumentaria del lecho estaban manchadas de la sangre de Abel.
Tenía una herida lo suficientemente grande como para morir desangrado en pocos minutos... Y eso era lo que había sucedido...
Nuria se arrodilló, mirándose las manos ensangrentadas, y gritó:
- ¡Abel! ¡Abel! ¡No! ¡¿Por qué?!
Lloraba y lloraba, inundando la habitación de lágrimas, sintiendo cómo se moría por dentro, cómo su corazón se rompía en pedazos, cómo en pocos minutos podía haber sucedido tal tragedia.
- No. No, no puede ser. Esto debe ser una broma o una pesadilla.
Nuria suspiraba embriagada por el desconsuelo y la angustia. Lamentaba haberse apartado de Abel unos segundos. Golpeaba con el puño cerrado y oprimido el suelo.
Vino la ambulancia y la policía, pero ya era tarde. Abel no respiraba y el asesino, el ladrón o lo que fuera ya se había ido. Nuria no entendía cómo las personas pueden hacer cosas tan terribles: matar, asesinar... Esa clase de personas no tienen sentimientos, no merecen vivir.
La ambulancia se llevó el cadáver inerte de Abel hacia el tanatorio, y la policía precintó el edificio para hacer una búsqueda detenida de algo que les llevara hasta el asesino.
No descubrieron nada, ni una huella, ni una pisada. Nada. Nuria tampoco sabía quién podía haber sido. No pudo ver nada.
En los días siguientes, se celebró el entierro de Abel. El ataúd de madera fue llevado al cementerio de la ciudad. Nuria lloró muchísimo su muerte, pues había sido mucho para ella. El presenciar un asesinado, estar al lado del asesino sin saber quién era ni por qué estaba allí, la muerte de su prometido, la persona que más amaba... todo había sido muy duro para ella.
Aún así, Abel sigue viviendo en el corazón de Nuria.
© Esther Ramírez Horcas

lunes, 24 de agosto de 2009

Lectura de: "Ella" de María Carpena Hernández

Lectura de obras finalistas, no premiadas, en el XIV Concurso Literario Provincial Grupo Leo - Editorial Agua Clara 2009.
Cuento: "Ella"
Autor: María Carpena Hernández
Curso: 3º ESO del IES Valle de Elda
© El Autor. Todos los derechos reservados
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Era el mismo sueño que tenía cada noche. Aquel acantilado que se asomaba a un embriagado océano, acompañado por un majestuoso y lejano horizonte. Ni siquiera una explicación ni un motivo aparente que me hiciera llegar a conocerlo, a interpretarlo. Él me atrapaba como el más bello de los atardeceres.
Fue mi guía para aprender a vislumbrar la vida desde otra perspectiva; aprender a vivir como uno quiere... a soñar despierto.
A medida que pasaban las noches me despertaba intentando buscar otro sueño. Incluso deseaba adentrarme en alguna de esas pesadillas que me atormentaban desde que era un niño, pero mi fuerza de voluntad se hacía insignificante con aquella extraña y fascinante visión.
Cada noche, cuando me despertaba en aquel mundo tan enternecedor, me sentía vivo, como si estuviera viviendo un sueño; como si al otro lado del horizonte me deleitara el más profundo de mis pensamientos. Me producía unas ganas inmensas de atraparlo y abrazarlo tan fuerte que se hiciera realidad.
Una noche me desperté sobresaltado y, harto de no hallar respuestas, fui a buscarlo- quizá de pequeño lo vi en algún sitio o me hablaron de él-. Visité ciudades, pregunté a todo el mundo, pero no encontré huella alguna; ni siquiera una insignificante pista que me condujera hasta aquella fascinante visión.
"Estaré loco", pensé sin temor a aceptarlo.
Desconcertado y decepcionado, volvía a casa. Por el camino, en el autobús, me llamó la atención una chica. No sé qué tipo de hechizo utilizó conmigo, pero no podía dejar de mirarla. En décimas de segundo su triste mirada desembocó en un mar de lloros y tormentos. Tuve una sensación extraña, inaudita, inhumana. Cada gota de dolor, cada lágrima de amor que fluía por su mejilla era como un tenue y fino hilo de luz blanca que adormecía el cielo estrellado, dejando una suave y cálida brisa a su paso.
Me acerqué a ella y escuché con atención las razones que la llevaban a sentirse así. Estuvimos todo el trayecto charlando hasta que ella se bajó en la parada a la que el destino la había llevado. Sabía que no nos íbamos a volver a ver, pero, desde ese momento, dejé de ser aquella insignificante gota de mar que siempre me había sentido y me convertí en el más grande de los océanos jamás visto.
Aquella noche me desperté a las tres de la madrugada sobresaltado. Me encontraba sumido en un nuevo mundo, desconocido, tal vez mágico. Soñé con aquella chica, de belleza mística y tentadora que superaba cualquier sueño. Por fin la había encontrado, había hallado la respuesta que siempre había buscado.
"La soledad", pensé invadido de miedo y angustia. ¿Cómo podía haber estado tan ciego? Fue ella la que me abrió los ojos. Hasta que no la encontré, la soledad fue mi única compañía. Desde aquella noche, día tras día, se me aparecía en los sueños aquel acantilado que se asomaba a un embriagado océano, acompañado por aquel majestuoso y lejano horizonte. Pero ya no estaba solo, ahora me acompañaba aquella chica cuyo nombre no cito por miedo a que desparezca. En ese momento comprendí, que mientras no la hallase, debería seguir soñando.


© María Carpena Hernández

viernes, 21 de agosto de 2009

Cuentos del murciélago goloso. La pastora de caracoles

Diseño de la cubierta: Santiago Gallego
Cuentos del murciélago goloso
© Autores LIJeros
Índice de cuentos y autores:

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La pastora de caracoles
por Ángela Ruano

Autora de las ilustraciones: María Sierra Varo

Rocío es una niña pequeña, castaña clara, casi rubia, muy inquieta. Se pasa el día cantando y bailando, moviendo la cabeza para que su melena se agite al aire. Le encanta tener el pelo laaaargo, largo.
También le gusta mucho mirar a los caracoles, con su andar ondulante y tranquilo. En el jardín de su casa, después de un día lluvioso, cuando el sol asoma su cara resplandeciente, salen muchos, pero que muchos caracoles. Si ve a alguno solo, se lo lleva y lo pone sobre una hoja de rosal para que coma tranquilo. A veces, hasta les canta:

Caracol, col, col
Saca los cuernos al sol
Que tu padre y tu madre
También los sacó

Su mamá le dice que los caracoles le arruinan el jardín, que se comen todo lo que encuentran a su paso. Pero la niña no la escucha. Pues se queda absorta mirándolos.
Un soleado día de primavera, el gran caracol, el más viejo de la tribu caracolín, salió de su escondrijo, de detrás de unas hojas. Era grande, gordo y muy elegante: caparazón de color marrón con vetas blancas y cuernos-ojos grandes y verdes como la menta.
Llamó insistentemente a Rocío con su peculiar voz:
—¡Rocío, Rocío! ¡¿Puedes venir?!
La niña miraba para todos los lados ¿Quién la llamaba? Su mamá no era. Conocía muy bien la voz de su mamá, esta era un poco gangosa.
—¡Rocío, Rocío!
Dio media vuelta, y allí estaba el viejo y gordo caracol con sus ojoscuernos muy estirados, mirándola. Se agachó la niña, lo cogió del suelo y lo posó dulcemente en la palma de su mano.
—¿Eres tú el que me has llamado? —preguntó Rocío un poco sorprendida.
—¡Pues claro! —le dijo el caracol con voz de enfado—. Llevo una hora llamándote. Debes de estar sorda como una tapia.
—Perdón, perdón, señor caracol. Es la primera vez que escucho su voz.
Por eso no la he reconocido —contestó ella, mirándole con sus enormes ojos azules, abiertos como girasoles.
—Perdonada por esta vez, pero no me gusta esperar cuando llamo.
Rocío estaba sorprendida —«¡qué mal genio tiene este caracol!»,
pensó—. El caracol viejo tenía la misma expresión en la cara que su mamá cuando se enfadaba con ella porque hubiera hecho alguna trastada.
De pronto, dulcificó la voz y dijo a la niña:
—Queremos pedirte un favor muy importante -dijo levantando mucho los ojos- cuernos para verla bien.
—Adelante.
—Pues… Mi tribu y yo estamos más que hartos —al decir esto, se puso el caracol casi de pie, apoyado en su cola— de vivir en este… ¡birrioso jardín! —lo dijo con tanto ímpetu que casi se cae al suelo. La niña le sonrió—. Se nos ha quedado pequeño y queremos ver mundo. Hemos oído que hay lugares maravillosos allá en el bosque de arriba, con grandes árboles, flores, hojas de todo tipo... Tendríamos una vida más larga y, sobre todo, más alegre.
Dedicó a la niña la mejor de sus sonrisas, y luego prosiguió.
—Como presidente de nuestro Consejo, he pensado que tú nos acompañes a buscar un lugar mejor. Voy siendo muy viejo. No duraré mucho tiempo. Y quiero dejar a mi pueblo en un buen lugar, uno que tenga mucha humedad, mucha comida y mucho sol. Bueno, ¿qué te parece la idea?
El gran caracol se movía ahora en círculos sobre la mano, despacito, muy inquieto, esperando la respuesta de la niña.
Rocío se había quedado con la boca abierta ante esa propuesta. Pero se sentía muy orgullosa de que la hubieran escogido a ella precisamente. Tras pensarlo un rato, aceptó.
—De acuerdo. Os buscaré un buen y bonito lugar, lo llamaremos CARACOLANDIA —le dijo al gran caracol.
Además, su madre se pondría muy contenta de no tener a esos bichos en su jardín, pues ya no estropearían más las flores.
Esa noche, Rocío soñó con un montón de cosas para ellos: fuentes para bañarse, parques con columpios… ¡Hasta un gimnasio para que se mantuvieran ágiles, y no tan lentos como ahora! Estaba entusiasmada con la idea. Iban a estar muy orgullosos de ella. Sería «la pastora de caracoles».
—Ahora me tengo que ir a dormir la siesta —le dijo a su nuevo amigo, bostezando.
—Saldremos mañana tempranito. Que estén todos preparados. ¿Vale? —lo depositó sobre el jardín.
—De acuerdo, Rocío. Aquí estaremos —y empezó a dar tales saltos de alegría que casi pierde el equilibrio.
Al día siguiente, Rocío se levantó temprano y se vistió. Cogió su mochila verde, metió en ella algo de comida y una botella de agua, se puso una gorra roja, se echó la mochila a los hombros y tomó una pequeña garrota que le había regalado su abuela. Salió al jardín. Allí estaban esperándola todos los caracoles, en fila de a dos, con sus diminutas mochilas sobre sus caparazones y unas gorras tan rojas como la de ella; estaban muy graciosos. Y se fueron todos juntos en busca de CARACOLANDIA.

© Ángela Ruano

miércoles, 19 de agosto de 2009

Lectura de: "Salvando a papá" de Carolina Lecumberri Sáenz

Lectura de obras finalistas, no premiadas, en el XIV Concurso Literario Provincial Grupo Leo - Editorial Agua Clara 2009.
Cuento: "Salvando a papá"
Autor: Carolina Lecumberri Sáenz
Curso: 1º ESO del Colegio Don Bosco de Alicante
© El Autor. Todos los derechos reservados
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Había una vez en un pueblo egipcio una chica muy guapa llamada Radilla. Radilla vivía con su padre, Alí, que era artesano.
Nada más tener a Radilla, a su madre le mandaron de sirvienta. Entonces no la veía casi nunca, sólo cuando su padre iba a llevarle al faraón sus trabajos artesanos.
Radilla era muy feliz con sus padre, cuando podía iba a ayudarle al trabajo.
Un día hubo una tormenta y se inundó todo el pueblo. El padre comerciaba con los pueblos cercanos pero por culpa de las inundaciones la única vía de comunicación que tenía con aquellos se cortó.
El padre perdió mucho dinero y no podía pagarlo todo, así que con tantas preocupaciones enfermó y como no podía pagar un medicamento muy caro, no se podía curar. Un día paseando por la calle, un sabio le dijo a Radilla que la única posibilidad de curar la enfermedad de su padre era ir a una isla a las afueras de Egipto llamada Rasbwanna y le entregó un mapa de dónde se encontraba la isla, y una llave. El sabio huyó corriendo y Radilla no sabía por qué le había dado la llave, pero la guardó.
Cuando llegó a casa se lo contó a su padre que no le dejó irse, le parecía peligroso.
Radilla estaba prometida desde pequeña con un chico llamado Dananir, hijo de unos amigos. Aunque no le caía muy bien y no había hablado con él nunca, se vio obligada a decírselo y a pedirle que le ayudara. Así que le dijeron a su padre que tenían que ir allí por el trabajo de Dananir, y Alí les dejó. Cogieron una barca y se fueron.
Cuando llegaron y vieron la isla se quedaron asombrados, era preciosa, tenía mucha vegetación y mucha agua. Decidieron meterse dentro de la isla y allí vieron un loro que pareció que les indicaba un camino, así que lo siguieron hasta que se paró y descubrieron que había una tribu de negros adorando una estatua. Dananir intentó hablar con ellos pero no pudo, parecía que hablaban en otro idioma. Después de mucho tiempo lo consiguió y se dio cuenta que le decían que la estatua era un dios que les daba los manjares. En esa isla había muchísima fruta así que les dieron de comer y les proporcionaron una casita de paja, barro, etc... para dormir.
A la mañana siguiente les dieron una vuelta por la isla y lo pasaron muy bien tirándose por las cascadas, vieron los animales y tomaron frutas que nunca habían probado. Les trataron como reyes.
Al día siguiente les querían enseñar la isla desde arriba del todo. Cuando ya estaban llegando vieron pájaros de muchísimos colores que volaban muy alto. Cuando llegaron a lo alto, Radilla vio que el poblado formaba una especie de puerta y en el centro estaba la estatua donde debería estar la cerradura de la puerta. Radilla enseguida pensó cavar al lado de la estatua y ver lo que encontraba. Cuando se lo contó a sus nuevos amigos le dijeron que no por si le pasaba algo a la estatua. Era su Dios y no podían dejarles. Dananir les contó todo lo que pasaba así que aunque una mitad estaba de acuerdo y la otra no, les dejaron cavar.
Después de cavar encontraron un cofre muy pequeño y en su interior una planta, Radilla la guardó. Al día siguiente agradecieron a todos sus nuevos amigos la ayuda y se fueron.
Al mes siguiente se casaron, el padre ya estaba curado y Radilla y Dananir se llevaban muy bien.
El día de la boda no había mucha gente pero el padre les había preparado una sorpresa. Había invitado a todos sus amigos del poblado. Se pusieron muy contentos al verlos. Como regalo, éstos les trajeron manjares de los que les habían gustado tanto en la isla, todos los invitados quedaron encantados.


© Carolina Lecumberri Sáenz

lunes, 17 de agosto de 2009

Lectura de: "Carta de amor" de Laiz Lissette Bello

Lectura de obras finalistas, no premiadas, en el XIV Concurso Literario Provincial Grupo Leo - Editorial Agua Clara 2009.
Cuento: "Carta de amor"
Autor: Laiz Lissette Bello
Curso: 4º ESO del IES Valle de Elda
© El Autor. Todos los derechos reservados
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Desde este enorme barco que vaga ya sin rumbo, decido escribiros esta carta a sabiendas de que puede ser la última que recibáis.
Las olas golpean tan fuerte mi ventana como nuestro amor retumba en mi corazón. Aún recuerdo como si fuera ayer la primera vez que vuestros ojos dieron a parar con los mios, esos ojos tan sinceros que clavaron en mí su mirada.
Esta enorme tempestad me ha hecho perder el rumbo, y el miedo a perderos me ha llevado a comprender que os amo. Pensaréis que no estoy cuerda pero es cierto, desnudo mi alma ante vos cual humilde cortesana. Permanecen en mi mente recuerdos de días felices, y no hay ni uno del cual no seáis el protagonista.
No me creeréis, pensaréis que no domino mis sentimientos, tenéis razón, pues el dueño de ellos sois vos y sólo vos.
En este claustrofóbico camarote, donde exhalo ya mi último suspiro, os siento más cerca de mí que nunca. Soy una simple marioneta hechizada por vos, tenéis mi voluntad a vuestra merced. Os habéis convertido en el motivo de mi esistencia. Me siento tan frágil cual hoja mecida en el viento, pero aun así soy dichosa porque sé que me amáis. Aquel amanecer junto a vos, cuando los primeros rayos del sol entraban por las rendijas de vuestros aposentos, apartados del mundanal ruido, soñamos con una vida en común, y ahora veo todo aquello tan lejos, tan distante.
Adormezco de cansancio y desazón, guardo la esperanza de despertar de esta estremecedora pesadilla viendo vuestro rostro junto al mío, acariciándome tan tiernamente como hace dos días atrás.
Yo te amo, y noble o villano, seré tuya, tuya siempre. Pasan los segundos, y a medida que la llama de mi vida desvanece, se alimenta la llama de mi amor. Aunque estas sean las últimas letras que os dedico, sabed que no abandonasteis ni un segundo mis pensamientos, sabed que acudí a vuestro encuentro, y no me arrepiento de ello, aunque el intento me haya llevado la vida.

© Laiz Lissette Bello

viernes, 14 de agosto de 2009

Lectura de: "Almas sin retorno" de Laiz Lissette Bello

Lectura de obras finalistas, no premiadas, en el XIV Concurso Literario Provincial Grupo Leo - Editorial Agua Clara 2009.
Cuento: "Almas sin retorno"
Autor: Laiz Lissette Bello
Curso: 4º ESO del IES Valle de Elda
© El Autor. Todos los derechos reservados
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Esta historia tuvo lugar en un pueblo llamado San Juan, en Soria.
Era la noche de Todos los Santos y en el monte de las Ánimas no había ningún alma en pie, excepto Pablo. Este niño de doce años tenía lejano parentesco con uno de los nobles muertos y se apresuraba a buscarlo. Corría por un sendero estrecho y lúgubre que conducía directamente a una ermita abandonada situada en el centro del monte.
Tras varios minutos, llegó a la ermita. Ésta era sumamente oscura, su entrada estaba cubierta de matorrales enredados unos con otros. A la derecha de la construcción ruinosa, se encontraba una pila de agua bendita mohosa situada en el interior de un estanque putrefacto. Los enormes árboles de la zona apenas dejaban pasar un resquicio de luz y Pablo comenzaba a asustarse. En un acto de valentía o de locura, abrió el enorme portón con un gran esfuerzo, atravesó una tupida telaraña y se apresuró a investigar la zona. Todavía no lograba entender cómo se había atrevido a entrar en el monte de las Ánimas precisamente esa noche, su curiosidad por descubrir si la leyenda era cierta, y si fuera así por conocer a su lejano pariente, habían acabado con cualquier resto de miedo y le habían aportado el valor suficiente, aunque ahora se fuera debilitando poco a poco.
Al trasluz pudo ver unas escaleras estrechas, sin pensarlo se dirigió hacia ellas y las subió corriendo. Llegó hasta el campanario. Se detuvo un buen rato mirando las relucientes campanas, en las cuales se reflejaba una majestuosa luna llena, lo que significaba que era media noche. En el campanario había un ventanal por el cual, tras apartar ciento de telarañas, se asomó para contemplar el enorme bosque que se extendía bajo sus pies.
De improviso comenzaron a sonar las campanas, su corazón dio un brinco desmedido. Las campanas sonaban cada vez más y más fuerte, como impulsadas por algo sobrenatural. Pablo no apartaba la vista del bosque. Algo extraño ocurrió, la tierra comenzó a removerse y salieron a la luz miles de esqueletos polvorientos, estos se quedaron inmóviles. Las campanas pararon de sonar y Pablo se dio cuenta de que la luna no se reflejaba en ellas. Un resplandor verdoso inundó todo el bosque y el pequeño contempló cómo comenzaron a moverse y a hablar los esqueletos.
Aterrorizado, sin saber qué hacer, decidió guiarse por su instinto, pensó que lo mejor sería irse por donde había venido, tal vez si lo hacía en silencio no advertirían su presencia y podría volver a casa. Así lo hizo. Salió de la ermita y recogió algunas ramas que habían esparcido por el suelo, se cubrió con ellas a modo de camuflaje y comenzó a moverse lentamente entre la malea.
Por suerte, las criaturas no distinguían al muchacho, quien seguía su camino a paso de tortuga.
Con gran dificultad logró dar con el sendero por el que había venido, estaba desierto, no se observaba nada extraño no había ningún esqueleto cerca y el muchacho pensó que iría más rápido corriendo. Se quitó su camuflaje y comenzó a correr como si le fuera la vida en ello.
Algo entre los árboles se movía, pero siguió su camino sin distracciones, no se podía detener. Un rito desgarrador le hizo volver la cabeza, distinguió una manada de lobos esqueléticos a su espalda. Se desvió del camino ara despistarlos y ¡bang! dio a parar con un campamento de esqueletos. En un acto reflejo se agachó y se escondió entre la maleza de la zona, los esqueletos continuaron con su charla como si nada, mientras, Pablo los observaba desde su escondite:
- Está siendo una noche muy movida ¿no caballeros?- decía el cuarto empezando por la derecha.
- Sí señor Pérez hoy los muertos están de fiesta- comentaba otro cuyos huesos aún tenían enganchados restos de vestimentas.
- Daría lo que fuera por ver a mi nietos, ya deben tener hijos- proseguía el que estaba sentad en medio del grupo.
“Si uno de estos fuera mi abuelo cumpliría mi misión y podría hablar con él, lastima que sólo me sepa su apellido”- pensó el joven.
- Soy Fulgencio Edler y me arrepiento de haber venido a esta guerra tan estúpida, debería haberme quedado con mi familia.
¡Era él! ese era su apellido, Edler.
Pablo se sobresaltó y no pudo evitar soltar un grito de alegría, los esqueletos se dieron cuenta de la presencia del muchacho y comenzaron la pregunta:
¿Quién eres? ¿Qué pasa? ¡No puedes estar aquí!..., todo eran preguntas y más preguntas. Pablo, asombrado por la majestuosidad de aquellos esqueletos polvorientos, apenas podía articular palabra alguna, hasta que lo consiguió:
- ¿Eres Fulgencio Edler?
- Sí, así es. ¿Por qué soy el centro de tu interés pequeño muchacho atrevido?- contestó.
- Verá señor, he venido con dos misiones, la secundaria es comprobar si la leyenda contada sobre éste bosque es cierta, y ya veo que sí, pero la misión principal era conocer a mi tatarabuelo.
- ¿Qué? Tú no puedes pertenecer al linaje de los Edler.
- Sí señor, es así, lo que le digo es cierto. Me han contado miles de historias sobre usted, por las cuales quedé tan fascinado que, en un momento tal vez de locura, decidí venir a conocerle, y ¡lo he conseguido!- dijo Pablo muy emocionado.
- Te pondré una prueba, si es así, ¿Cómo se llamaban mi esposa y mi hijo?
- Su esposa se llamaba Roxanne Marker y su hijo José Edler Marker.
- Comprobado, es correcta tu respuesta, ¡bienvenido seas en éste, mi nuevo hogar!
Pablo y su pariente hablaron largo y tendido sobre lo que había pasado pero no se dieron cuenta que otros curiosos acechaban. Los esqueletos cumplen una maldición,un alma por otra alma, si le entregan al monte un alma viva ellos recuperarán la vida, así que Pablo se encontraba en medio de una manada de lobos.
Se acercaba el alba y debía marchar. Feliz se levantó del suelo donde había permanecido sentado, se despidió de su tatarabuelo, quien se metió dentro de su sepulcro volviéndose inerte, y puso rumbo a casa.
Andando por el sendero sintió una presencia a su espalda, pero pensó que sería su imaginación, la sensación no cesaba y se hacía cada vez más fuerte. El muchacho se detuvo en silencio, escuchó un ruido ahogado y casi imperceptible de una respiración, giró lentamente su cabeza y vio a un ejercito de esqueletos que le perseguían. Intentó echar a correr pero era demasiado tarde, uno de ellos le había cogido del brazo y otro de las piernas, no tenía escapatoria. Pablo, en un intento de salvarse gritó:
- ¡Esperad! Os conduciré al pueblo, allí hay más gente viva y podréis salvaros todos, pero dejadme a mí.
Los esqueletos aceptaron. Apresurados, como una avalancha de huesos, bajaron al pueblo y cogieron a toda alma posible sin dejar escapar a Pablo, los llevaron al monte y los enterraron vivos, como tenían que hacer. El monte se llenó de ecos, de gritos de socorro, horror, sofoco, golpes ... y ... comenzaron a sonar las campanas otra vez, el aviso final.Todos los esqueletos se quedaron esperando el rayo verde que les devolvería la vida, pero, el resplandor deshizo sus huesos y atrapó todas las almas que encontró por el bosque, dejándolas amarradas a él para siempre.
Desde entonces, el pequeño pueblo de San Juan es un pueblo fantasma. No hay el menor síntoma de vida. Nadie deambula sus calles, no hay vándalos, sólo un silencio terrorífico que lo inunda todo y el monte, el monte que con sólo mirar consigue helarte la sangre.
Cuentan algunos viajeros que se han extraviado cerca de él, que la noche de Todos los Santos han visto bajar del monte a todas las almas de los antiguos habitantes del pueblo. Van en búsqueda de nuevas almas que sepultar, ya han desaparecido veinte personas en el pueblo vecino, ¿serás tú el siguiente?...

© Laiz Lissette Bello

lunes, 10 de agosto de 2009

Lectura de: "El cofre de la amistad" de Irene Treviño Flores

Lectura de obras finalistas, no premiadas, en el XIV Concurso Literario Provincial Grupo Leo - Editorial Agua Clara 2009.
Cuento: "El cofre de la amistad"
Autor: Irene Treviño Flores
Curso:PIP del CEIP Enric Valor de Alicante
© El Autor. Todos los derechos reservados
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Esta es la historia de una niña de 12 años llamada Samantha. Una mañana de verano, Samantha se despertó y, como de costumbre con los ojos entrecerrados, se dirigió al calendario para ver el día en el que estaba:
- ¡Qué bien!- exclamó- ¡Mañana es mi cumpleaños!
A continuación fue a desayunar e hizo los deberes. Cuando terminó de comer, su abuela Candela la llamó:
- Samantha, cariño, antes de darte el regalo de aniversario que debería darte mañana, tienes que hacer algo. Cuando encuentres la mitad del colgante, tendrás que encontrar una llave. Cuando consigas las cuatro, podrás pedir un deseo.
- Pero abuela, ¿de qué colgante me hablas?- preguntó con el regalo entre las manos.
- Cuando abras el paquete lo sabrás- contestó.
Samantha lo abrió y descubrió un precioso collar en el que había dibujado medio sol. Ella se lo puso inmediatamente y se fue a jugar con su hermano Jorge.
Al día siguiente toda la familia de Samanha fue a su casa. Recibió una película de su tía Ágatha, un par de camiseta de su primo Manuel, un ordenador de sus madre y muchas cosas más... Por la noche, después de cenar se acostó en el jardín para observar lo astro. De repente, notó que algo vibraba; se palpó el cuello y... cual fue su sorpresa al notar que era la gargantilla. Puso el sol que había en la medalla entre sus mano y una nube blanca le nubló los ojos.
No habían pasado cinco minutos cuando apareció en un lugar desconocido. Desde donde estaba se podían ver dos enormes casas:
- ¡Hola!- saludó alguien- me llamo Belén ¿y tú?
Samantha contestó con la voz temblorosa:
- Ho- ho- hola, me lla- llamo Samantha, en- encantada de conocerte
Belén se le quedó mirando extrañada. Lo único que hizo fue quitarse lo que llevaba en el cuello y preguntó:
- Samantha ¿podría ser que tuviéramos el mismo medallón en forma de sol?
- ¡Sí!- afirmó- ¡es el mismo! Vamos a juntar las dos mitades a ver que ocurre. Las juntaron y no ocurrió nada. Samantha sobresaltada dijo:
- Mi abuela ayer me comentó que cuando encontrara la otra mitad, tendría que buscar unas llaves.
- Quizá esta sea la primera- respondió- mi abuela me contó lo mismo y más tarde me la dio.
Samantha se fijó y vio que en letras diminutas ponía “cellar”, es decir, sótano en castellano. Rápidamente interrogó a Belén:
- Belén.
- Dime.
- ¿Hay por aquí alguna vivienda en la que haya un sótano?
- Sí, en mi casa hay uno- asintió- pero, ¿para qué lo quieres saber?
Samantha señaló el objeto, y Belén hizo un gesto insinuando que la entendía. Belén comenzó a andar hacia una de las casas que había visto anteriormente Samantha. Era grande con una chimenea, un gran jardín de margaritas, rosas y amapolas. Entraron y Belén la llevo hacia una puerta de madera.
- Aquí es- mencionó.
Era una habitación muy grande y desafortunadamente sin luz. Samantha bajó las pequeña escaleras y muy asustada se apoyó en una de las cuatro paredes. El muro se movió y Samantha se cayó en un pasadizo l lado de un farolillo encendido. Belén cogió el farol y comenzó a andar. Al fondo del pasillo había una nota y una llave.
Esta es la segunda llave, la tercera
la encontraréis si acertáis este
acertijo. Escribid la repuesta en
la parte de abajo.
¿Qué hay entre a espada y a pared?
-¡La letra y!- exclamó Belén- Escríbelo rápido.
Samantha escribió lo que le dijo, cogió la llave y se giró al tabique. Salieron corriendo y encontraron otra nota:
La tercera llave está en esta caja.
Si la queréis alguna de vosotras
tendrá que repetir este trabalenguas:
Si yo como como como,
y tu comes como comes.
¿Cómo comes como como?
Si yo como como como.
- Si yo como como como, y tu comes como comes. ¿Cómo comes como como? Si yo como como como- repitió Samantha.
La caja se abrió y consiguieron otra llave. Siguieron hasta un agujero, donde en el borde había una tercera nota:
Para conseguir la cuarta
y última llave tendréis
que adivinar otro acertijo.
¿Qué planta tiene e su nombre las cinco vocales?
- ¡Yo lo sé!- gritó Samantha.- Lo dijeron ayer n mi clase: El eucalipto.
Belén cogió la llave y el gran hoyo se convirtió en un puente por el que pasaron.
- ¡Mira allí hay un cofre y una nota!- chilló.
Se acercaron y leyeron:
En este cofre hay una piedra,
con ella entre las manos podréis
pedir un deseo cada una. Para
abrirlo tendréis que poner las cuatro
llaves en la cerradura.
Belén hizo lo que indicaba, cogió la piedra y suspiró:
-Quiero que Samantha y yo no nos separemos nunca.
- Deseo volver a mi casa y que cuando quiera estar con ella solamente tenga que poner el collar entre mis manos.
Samantha y Belén se despidieron ya que Samantha sólo tenía que tocar el sol de la medalla para volver a su hogar. Lo tocó y apareció en el jardín de su casa viendo los astros. Su madre a llamó:
- Samantha vamos a cenar.
- Ya voy mamá- respondió.
Al día siguiente ya echaba de menos a su amiga Belén, tocó el colgante y apareció con Belén, sí todos los días. Y así termina la historia de Samantha; con un final feliz.
© Irene Treviño Flores

viernes, 7 de agosto de 2009

Cuentos del murciélago goloso. La ovación

Diseño de la cubierta: Santiago Gallego
Cuentos del murciélago goloso
© Autores LIJeros
Índice de cuentos y autores:

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La ovación

de Clara Redondo

Autora de las ilustraciones: María Sierra Varo

Charo camina tiesa como una caña de pescar. Como todos los días, se dirige con paso firme hacia el metro, que la ha de llevar al instituto. Cruza la plaza del Descubrimiento, y allí en el centro se agarra con una mano a la farola centenaria, la que lleva ahí desde antes de que ella naciera. Da un par de giros antes de salir despedida hacia la calle que va directa a la boca del metro. La espalda recta y el andar ligero, como si estuviera acariciando la acera. Son siete estaciones, siempre las mismas y a la misma hora. Pero para Charo no todos los días son iguales: hoy es jueves, día de su entrenamiento de gimnasia. Desde pequeñita tenía una sola idea segura en la cabeza: que quería ser gimnasta profesional. Pero, claro, para ser profesional hay que entrenar muchas horas y dedicarle poco tiempo al estudio, y eso no es lo que sus padres quieren para ella. Ellos quieren que de mayor sea algo importante. Y ella les dice que ser gimnasta es importante, pero no parecen comprenderlo.
Está parada delante del andén, mirando despistada los raíles mientras espera a que llegue su tren. A esas horas de la mañana muchos parecen igual de despistados que ella, mirando al infinito, como si el infinito les estuviera contando algo de lo más interesante. Ella no piensa en el examen que le espera nada más llegar a clase ni en salir el viernes a bailar con las amigas. Piensa en el entrenamiento de hoy, en las piruetas que le esperan en la barra fija. La barra fija, ese es su aparato predilecto. Sin darse cuenta, empieza a deslizar la punta del pie sobre las baldosas, y recorre la línea del perfecto cuadrado en el que se apoya todo su cuerpo. Con sus pantalones vaqueros caídos hasta la cadera y su camiseta descolorida, nadie diría que se transforma en una ninfa aérea cuando se calza sus zapatillas. Su par de zapatillas de color morado que, a pesar de todo, le compró su madre. Y las lleva hoy dentro de la bolsa para entrenar. Es lo único que lleva en esa bolsa que cuelga de su hombro. Sus zapatillas de color morado.
Desliza su pie hacia delante y hacia atrás, en perfecta línea recta. Cierra los ojos y siente que levita, que se eleva sobre las líneas de la baldosa. Escucha el murmullo de los viajeros que se van acumulando a su alrededor y escucha también el ruido lejano del tren, que parece que ya se está acercando. Abre los ojos y fija su vista perdida en el rail del tren. En la barra fija. Y empieza a
respirar. «Inspiro, espiro», eso es lo que le dice su entrenadora. Mantener el aire dentro de sus pulmones y, después de una voltereta o de un salto, soltar el aire para que salga la tensión y el cansancio.
Cuando abre los ojos mira a su alrededor. Quedan dos minutos para que venga el tren. Hay mucha gente ya, y ella se fija en un chico moreno que está a su derecha, gordo y con gorra, con camiseta que le queda enorme, y que se mueve cerca al compás del aparato de música que lleva puesto en sus orejas. No mira a nadie, sino al infinito oscuro de los raíles. Y a su izquierda está una mujer bajita, mucho más bajita que ella, con rasgos americanos y una trenza larga que rebasa su cintura y que mira al chico como si quisiera entretenerse con su música.
Charo baja de nuevo la vista y cierra los ojos. Cambia de pie y vuelve a recorrer con el dedo gordo la recta del cuadrado de la baldosa.
Abre los ojos y en el fondo oscuro de los raíles, en el mismo fondo que mira el chico, ve que algo se está moviendo. Es una rata; pero no una rata de alcantarilla. Es una rata elegante, con una pajarita y un sombrero de chistera en la cabeza. La mira y le hace un guiño invitándola a bajar. Charo sonríe, vuelve a cerrar los ojos, y se imagina haciendo ejercicios de calentamiento,
como hacen las gimnastas antes de comenzar el ejercicio. Cuando de nuevo abre los ojos, ha cambiado de escenario. Ya no está arriba, en el andén, ahora está abajo, con los pies posados en fila, uno delante del otro sobre los raíles.
Mira hacia arriba y ve al chico de la gorra y a la señora de la trenza que parecen no haberla visto. Y ve su bolsa de entrenamiento vacía tirada en el suelo. Se mira los pies y comprueba que lleva puestas sus zapatillas moradas.
La rata empieza a mover los brazos rítmicamente y Charo comprende que comienza el espectáculo. Respira hondo y, dirigida por la rata, empieza a dar sus primeros pasos sobre la barra fija. Se mueve lentamente deslizando sus pies seguros sobre el raíl, que ya no es raíl sino barra fija; la misma que le espera todos los jueves a la hora del entrenamiento. Su cuerpo se estira, de desentumece, y ejecuta los movimientos que Charo le ordena. Con suavidad y armonía, avanza por la barra fija; ahora un giro, ahora un salto y cuando llega al extremo, media vuelta. Doble giro, arco hacia atrás y salto… Siente que no pesa, que es como un colibrí que puede mantenerse varios segundo suspendida en el aire, y aprovecha para hacer doble voltereta: hacia delante y hacia atrás. Apoya ahora sus manos sobre la barra y se mantiene así, boca abajo, con las piernas rectas mirando de reojo hacia la rata, hasta que, a un movimiento del animal, ella obedece y con suavidad desciende, se abre de piernas y posa sus piernas abiertas a lo largo de la barra. En ese momento, levanta sus ojos y se fija en el chico de la gorra y en la mujer de la trenza: los dos la están mirando con cara de sorpresa, como encantados de ser dos privilegiados que han cogido sitio en primera fila. Ya hay una aglomeración de gente que alarga el cuello para verla bailar. La rata mueve sus manos como para darle ánimos.
Charo recupera con energía la postura y se dispone a hacer su último salto. Se retira hasta uno de los extremos de la barra, abre los brazos y respira hondo. Balancea su cuerpo para coger un pequeño impulso y se lanza a la carrera. Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasitos, doble voltereta sobre la barra y, tras un imponente salto hacia adelante, hace doble giro sobre sí misma, para
caer con los dos pies fijos en el suelo, sin moverlos ni un milímetro. Fin del ejercicio.
Levanta la cabeza y es el chico de la música el que se quita los cascos y comienza a aplaudir. Le sigue la mujer de la trenza y ya después, en ovación, todo el gentío que estaba esperando en el andén. Charo mira a su lado y ve a la rata que se inclina también, agradeciendo al público los aplausos. Charo se siente feliz. Cierra los ojos y se queda así un momento, escuchando los aplausos y repasando cada uno de los movimientos que acaba de hacer, todos ellos perfectos. Acababa de hacer el ejercicio perfecto. Los aplausos se confunden ahora con el sonido del tren, que parece acercarse. Cuando Charo abre los ojos, tiene los pies posados en la misma baldosa de antes, y comprueba que a su lado están la chica de la trenza y el chico de la gorra. Los dos la miran, y los tres juntos entran al vagón del tren que acaba de llegar.
Cuando el tren echa a andar, Charo se asoma a la ventana con una gran sonrisa de satisfacción y con unas gotas de sudor que le caen por las sienes.
Allá abajo hay algo que se mueve, y Charo cree ver a una rata que le dice adiós con la patita. Se abraza a su bolsa, y es en ese momento cuando se da cuenta de que ha perdido una de las zapatillas moradas. «Mañana volveré a buscarla».

© Clara Redondo

miércoles, 5 de agosto de 2009

Lectura de: "Una gran persona" de Anna Reig Hernández

Lectura de obras finalistas, no premiadas, en el XIV Concurso Literario Provincial Grupo Leo - Editorial Agua Clara 2009.
Cuento: "Una gran persona"
Autor: Anna Reig Hernández
Curso: 6º PIL del CEIP Enric Valor de Alicante
© El Autor. Todos los derechos reservados
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Em diuen Victòria i el dia que el meu amic Pau va arribar de València em va dir que havia assistit a la presentació d’un llibre de Josefina Delume. Em va dir que es va quedar tan impressionat que volia contar-nos la seua història.
Fa uns 18 anys en un hospital una dona entresuada i tombada en un llit estrenyia fort per donar-li vida a una persona, una persona que al quart d’hora ja estava fora. Era la bonica Josefine Delume. Quan els seus pares estaven mirant-la van trobar-li un defecte: tenia uns ulls molt grans, el nas petit i a cara més grossa. Així doncs ho van consultar amb el metge. Els van fer esperar i quan per fi va eixir el metge, va dir amb cara un poquet tristona:
- Senyor Delume, he de comunicar-vos que l’aspecte que té la seua filla no és pel seu aspecte natural, és perquè té una malaltia, té Síndrome de Down.
Als pares, agafats de la mà, les cares els van canviar completament, se’ls van fer tristona. Va ser un derramament de llàgrimes, tothom plorant per la trista malaltia que tenia Joe (així pensaven nomenar-la).
Quan la van portar a casa els tres primer anys van ser de desacord i confusió, perquè no sabien que podien fer amb Joe. Tothom a qui preguntaven deia que la deurien de portar a una guarderia especialitzada per a aquestes persones, però la seua germana major, Llibertat, va dir que haurien de portar-la a una guarderia normal, on anaven tots els xiquets. Així dons, la van portar on va aconsellar Llibertat, però en la guarderia no aprenia res, no entenia, i a voltes tornava a casa plorant perquè la guarderia era massa gran per a ella.
L’únic que tranquil·litzava a Joe era que la sua germana li llegira alguna cosa, poemes, contes, articles...
Quan va passar el temps, als deu anys, van provar en col·legis i més col·legis però no aconseguien res. I van decidir ells mateixos ser els seus mestres, ja sabien que costaria molt de treball i esforç, però volien que la seua filla, de major, fora tan independent com una persona normal.
Un dia van portar a Joe al parc per a passar e matí ensenyant-li paraules de la natura: arbre, pardal, flor... Va costar moltes hores que les aprenguera i quan va acabar la lliçó, sa mare la va deixar que jugara amb els altres xiquets que hi havia. A l’apropar-se, els xiques es van allunyar d’ella dient-li:
- Què et passa a la cara?
Era una pregunta que ja li havien fet moltes vegades. Però ella, farta i amb dificultat, va contestar de la mateixa manera que ja ho havia fet abans moltes vegades:
- No em passa res, tinc Síndrome de Down.
- Ha, ha, ha...! Seràs la xiqueta Down, Down, Down..., ha, ha,ha...!- Va dir un dels xiquets rient-se.
- I tu clown, clown, clown, clown...- Va respondre ella perquè sa mare li havia explicat que així es deia pallasso en francès i anglès.
- No et fiques amb ella, no veus que el que té és una malaltia normal- Va dir un altre dels xiquets.
Quan va arribar l’hora d’anar-se’n, els xiquets li van demanar perdó mentre se n’anava.
L’endemà va començar la classe de lectura a sa casa. A Joe li costava molt aprendre a llegir i a escriure. Quan tenia dotze anys per fi ho va aconseguir. Sa mare li va regalar uns llibres, però ella creia que no li agradarien.
Un dia la va trobar al llit llegint un llibre. La mare es va estranyar, com que Joe pareixia feliç no l va comentar i la va deixar llegint. Eixa escena de lectura es va repetir moltes nits seguides. Així la mare va descobrir la seua passió per la lectura.
Quan per fi Joe havia llegit tots els llibres que tenia a casa ja anava 3r d’ESO.
Les coses que s'explicaven a classe li costaven molt d’aprendre, però al final, amb el seu esforç, acabava aprenent les lliçons.
Un dia a l’hora del descans, el professor e va quedar mirant-la perquè li sorprenia mol el que Joe estava fent: estava escrivint. El professor no volia xafardejar molt el que estava fent i la va deixar continuar, però es a quedar durant tota l’hora del descans mirant-la.
A l’institut va fer amics però no es n’anava molt amb ells, perquè sempre escrivia en les hores d’esbarjo. Així ho va fer durant tot el curs, això no li va permetre relacionar-se molt. Ningú sabia el que estava escrivint i tampoc ningú volia preguntar-li.
Quan van passar els anys, ella ja en tenia divuit, va acabar publicant un llibre mot gros sobre la seua vida. Aquest llibre era allò que estava escrivint a tota hora durant aquells anys. En les seues pàgines descobrim que Joe era dolça, sensible, alegre, enginyosa, generosa, tranquil·la, treballadora, molt independent, activa, agraïda, maternal, atenta, observadora, disposada a tot, a la tendresa i a l’acció... i et fa sentir a gust quan estàs amb ella.

La noticia de la publicació va eixir a la televisió, a la ràdio, als periòdics... i ara molta gent la coneix i la vol.
Aquestes persones amb Síndrome de Down caminen pels carrers de la nostra ciutat i no les coneixem.
Tots podem arribar a ser com Joe.
Alacant, 10 de novembre de 2008


© Anna Reig Hernández

lunes, 3 de agosto de 2009

Lectura de: "L'Equip Anticontaminació"

Lectura de obras finalistas, no premiadas, en el XIV Concurso Literario Provincial Grupo Leo - Editorial Agua Clara 2009.
Cuento: "L'Equip Anticontaminació"
Autor: Sin identificar
Curso: Tercer Ciclo Primaria del CEIP Joaquín Sorolla de Alicante
© El Autor. Todos los derechos reservados
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Hi havia una vegada, una tortuga que es deia Petxina i va tindre una filla. La filla, que es deia Coral, no sabia que existia la contaminació i en el col·legi tampoc sabien res. En qualsevol lloc que preguntava, ningú sabia el que era.
Un dia estava amb els seus amics: Clapi, el polp, Àngels, la dofina, Merlí i la seua germana Aurora, els peixets. Tots junts pensaven sempre què podia ser la contaminació; quedaven a vegades a cas per veure uns dibuixos i després, seguir pensant què podia ser.
El primer cap de setmana de març, van vore passar una gavina que anava dient:
- Està arribant un mar negre, està arribant un mar negre, aneu-vos'en d'ací o tots morireu.
Tots estaven alarmats, van anar tots a la Plaça Central i una balena, la més anciana de totes va anar a vore que era allò de la mar negra. Quan va arribar va veure peixos morts, gavines totes xopades d'aquella mar negra, també va vore una tortuga ofegada amb una estranya ret al coll. Va tornar i va dir a tots els habitants de la ciutat que agafaren tot el que pogueren i que se n'anaren a una altra ciutat perquè aquella mar negra els podia matar a tots, inclòs al més fort. Tots van fer el que havia dit la balena i se'n van anar a una altra ciutat.
Quan va passar un any d'allò de la mar negra, ja quasi ningú ho recordava; soles Coral, Clapi, Àngels, Merli i Aurora. Ells creien que això de la mar negra era la contaminació i lo de l'estranya ret també. Alehores van decidir fer "L'Equip Anticontaminació".
Al dia següent Clapi va anar corrents a tota pressa a cridar a tots els de L'Equip Anticontaminació per a dir-lis que en el periòdic dels adults havia eixit que una tortuga i la seua família estaven atrapades per culpa d'aquella estranya ret. Per la vesprada, van decidir que farien un viatge on havien vist aquella família de tortugues. Com els seus pares els van dir que no; ells van decidir escapar-se de casa per la nit quan tots estiguen adormits en la ciutat. I així ho va fer; Coral, Clapi, Àngels, Merlí i Aurora es van escapar per la nit de la ciutat.
Pel matí van arribar on estava la família de tortugues i les van vore prop d'una cova; estaven quasi mortes!!! No podien respirar molt bé perquè l'estranya ret les estava ofegant. La tenien al coll, com va dir la ran balena.
Coral i els seus amics van anar corrents a ajudar-las; van agafar una pedra afilada per a tallar la ret, però estava molt dura i era molt difícil.
Mentrestant en la ciutat estaven tots preocupats pels xiquets perquè no estaven en cap lloc de la ciutat.
Coral li va dir a Àngels que amb els seus dents esmolats intentara tallar la ret, però que tinguera cura de no empassar-se-la. Àngels va aconseguir llevar-lis la ret i tots li van donar les gràcies.
Quan van arribar a la ciutat, tots van anar corrents a vore'los. Es van quedar al·lucinats, quan van vore que els xiquets, no estaven sols; sinó que estaven am la família de tortugues!!!
La gent de la ciutat, com agraïment, van organitzar una festa en honor dels cinc xiquets i també van construir una estatua.


© CEIP Joaquín Sorolla de Alicante